domingo, 22 de febrero de 2026

Bodas de sangre de Federico García Lorca

 

Bodas de sangre o cuando el lenguaje decide la tragedia

La lectura de Bodas de sangre me ha impresionado profundamente pues no estamos ante una tragedia que se precipite por una cadena de errores humanos, sino ante una tragedia que ya está contenida en el lenguaje desde el principio. Todo en la obra —las palabras, los silencios, los símbolos— parece orientado hacia un final inevitable que el lector intuye desde las primeras escenas.

Bodas de sangre narra la historia de una boda concertada entre un Novio y una Novia, truncada cuando esta huye la noche del enlace con Leonardo, un antiguo amante. La persecución de los amantes conduce a un enfrentamiento final en el bosque, donde mueren el Novio y Leonardo. Tras la violencia, solo quedan las mujeres —la Madre y la Novia— enfrentadas a un dolor sin consuelo ni perdón.

Desde el inicio, el personaje que concentra y verbaliza esa fatalidad es la Madre. Su rechazo obsesivo a las armas blancas no es irracional: el cuchillo ya ha matado a su marido y a su hijo mayor. Cuando afirma: «Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas… y el resto, muerte», no está exagerando ni profetizando gratuitamente, sino enunciando una ley trágica para su familia. Cada vez que nombra la navaja o el cuchillo, el lenguaje adelanta el desenlace. La Madre funciona como una voz augural, casi como un coro interior que acompaña toda la acción.

Esa fatalidad se refuerza con la historia previa de la Novia y Leonardo. El hecho de que su relación comenzara cuando ella tenía quince años no es un detalle anecdótico, sino la marca de un amor originario, anterior al orden social. Leonardo es el único personaje con nombre propio; los demás quedan definidos por su función (Madre, Novio, Novia), lo que lo singulariza y lo sitúa fuera del engranaje ritual de la boda. Casado y con hijos, reaparece el día del enlace para afirmar que sigue queriéndola. No hay en él reflexión ni proyecto: solo persistencia del deseo. Su presencia va siempre acompañada del caballo —«el caballo grande que no quiso el agua»—, símbolo de una pulsión que no conoce reposo ni sometimiento pues en la obra de Lorca el caballo siempre representa al amor desenfrenado, la pasión sin límites, la virilidad.

Uno de los momentos que más me impresionó es la escena en la que la criada coloca la corona de azahar sobre la cabeza de la Novia. El azahar, símbolo tradicional de pureza y celebración nupcial, se convierte aquí en un objeto casi doloroso. La Novia lo rechaza con violencia —«¡Quitádmela! ¡No quiero que me la pongan!»— y el rito se transforma en imposición. En ese instante no pude evitar establecer un paralelismo con la figura de Jesús aceptando la corona de espinas: un gesto que no celebra, sino que sella un sacrificio. Como en la pasión cristiana, la corona deja de ser signo de dignidad o alegría para convertirse en emblema de sufrimiento asumido. La Novia no se corona para empezar una vida nueva, sino para cargar con una condena que otros han decidido por ella.

Este sentido sacrificial se intensifica con un detalle escénico revelador: la Novia acude a la boda vestida de negro. La acotación es explícita —«La Novia aparece vestida de negro»— y resulta profundamente significativa. En un contexto cultural en el que el blanco simboliza el inicio y la celebración, el negro funciona como una negación silenciosa del rito. Antes de huir, antes incluso de pronunciar una palabra decisiva, su cuerpo ya está diciendo que esa boda no es un comienzo, sino un final. El azahar sobre el vestido negro, como la corona de espinas sobre la cabeza de Cristo, no anuncia vida: anticipa muerte y sacrificio.

El tercer acto consuma esta lógica cuando la obra abandona definitivamente el realismo y entra en el territorio de la metáfora, la palabra. La aparición de la Luna y de la Mendiga, encarnación de la Muerte, confirma que el conflicto ya no es humano ni resoluble. La Luna habla y desea: «Quiero entrar en un pecho para poder calentarme». Necesita luz para que la sangre se vea, para que el destino se cumpla. La Mendiga acompaña al Novio hasta Leonardo no para advertirlo, sino para asegurarse de que nadie escape. Ambas figuras convierten el bosque nocturno en un espacio ritual donde la tragedia se ejecuta.

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En ese punto se hace evidente algo que recorre toda la obra: en Bodas de sangre el lenguaje va siempre por delante de los personajes. Las repeticiones obsesivas (sangre, cuchillo, luna), los presagios constantes de la Madre, los silencios cargados de tensión y la creciente carga lírica del texto construyen una red de significados cerrada. Cuando la sangre corre al final, no sorprende; simplemente confirma lo que ya estaba dicho. La frase final de la Madre —«Con un cuchillito, con un cuchillito…»— resume de forma devastadora esa coherencia trágica.

Por todo ello, considero Bodas de sangre una obra excepcional: no solo por la intensidad de lo que cuenta, sino porque el destino se fabrica palabra a palabra. Federico García Lorca no ofrece consuelo ni redención, sino una coherencia poética implacable. Como lector, uno siente que ha sido advertido desde la primera escena… y, aun así, no puede dejar de avanzar hacia un final que ya estaba escrito en el lenguaje.

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